lunes, 21 de mayo de 2012

Solía decir, "te quiero".

 Las lágrimas le caían por los pómulos, temblaba, encogida, mientras escuchaba sus suplicas por detrás de la puerta. Silencio. Se levanta con cuidado, se lava la cara, se recoge sus rizos para verse las magulladuras de la cara y los hombros; se pega a la puerta y escucha el sonido de la puerta de la calle. Silencio. Sale del baño con cuidado y tras comprobar que el pasillo estaba vacío, corre a la habitación del fondo, a la suya, y mira con delicadeza debajo de la gran cama de matrimonio, estaban allí, asustadas, sus pequeñas ganas de sonreír cada mañana. Las vistió rápido, con cualquier cosa, pero guapas; no quería que se dieran cuenta de lo que pasaba; llegaba con que ella tuviese miedo. Las niñas empezaron a corretear y reír por toda la casa. Se giró hacia ellas mientras se cambiaba, con un dedo delante de la boca. Silencio. Volvió a escuchar mientras hacía un par de llamadas teléfono. Silencio. Salió con sus hijas de la mano por las escaleras, por si regresaba, un taxi las esperaba abajo, era el camino a la libertad; lejos de ataques, golpes, moratones y malas palabras. Con las dos niñas dentro, escuchó su nombre, se giró y lo miró a él, allí de pie; estaba enfadado y ella lo sabia, conocía esa cara. Tembló por un segundo, pero se metió dentro, cerrando la puerta tras ella. Silencio. La libertad era suya, y ahora, solo para ellas tres.

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